CONTRALEY (Real de Catorce, 1994)

Artista: Real de Catorce (B)

Fecha de Grabación: 1993

Fecha de Lanzamiento: 12 de Diciembre 1994, MEX

Discográfica: Discos Pueblo

Productor: Real de Catorce

Calificación: 10 (MUST HAVE)

               

Era: 90's Rock En Ñ: La Era de Oro

Subgénero: Blues Rock

Mejor Canción: El Quinqué, o Dorina y Abel, o Devoto Amor, o… 

Canciones: 1) El Taxi de los Sueños; 2) El Blues del Atajo; 3) Dorina y Abel; 4) Jenny; 5) Llame por Favor; 6) Tu Alma No Pesa; 7) Contraley; 8) El Quinqué; 9) Devoto Amor; 10) El Honor y la Furia; 11) Beso de Ginebra; 12) Esta Noche.

BONUS TRACKS: 13) Jenny (Demo); 14) Tu Alma No Pesa (Demo)

 

Este es un discazo, casi universalmente desconocido, pero un verdadero deleite de Blues en la ya de por sí exquisita discografía de Real De Catorce. El Contraley le compite al disco debut el título como el mejor de la banda, en mi opinión. Quizá no tiene temas tan emblemáticos como “Azul” o “Mujer Sucia”, pero es una verdadera cátedra de Blues que toma al grupo en su mejor momento creativo. Prueba de ello es que éste es el primer disco de Rd14 que rompe con el esquema de las 8 canciones por álbum al que nos tenían acostumbrados, llegando a 14 tracks si contamos el par de Bonus. Es además, el disco más largo hasta ese momento, ya que mientras todos los anteriores deambulan entre los 32 y 35 minutos, el Contraley roza los 50, sin contar el material extra.

Por otro lado, se nota un regreso a las raíces. Las drásticas experimentaciones con otros géneros que escuchamos en el A Mis Amigos Muertos y el Voces Interiores no se notan tanto; bueno, al menos no esas arriesgadas fusiones con Reggae o Rap. Aunque aquí algunas canciones muestran cercanía con el Jazz y el Big Band, Country y hasta Funk, la mayoría recorren las distintas gamas del Blues, desde el Delta Blues, más básico y con Steel Guitar, a Rockers que no alcanzan ese estado apocalíptico como en disco previos, pero que se sienten elegantes y potentes a la vez. La mayor experimentación es acaso “Devoto Amor”, que coquetea con sonidos y atmósferas orientales a partir de un extravagante violín. No se puede decir pues, que sea tan experimental y arriesgado en sonidos, pero tampoco que no sea un disco diverso y que no haya fusiones.

José Cruz hace con sus letras un lamento callejero, que huele a arrabal mojado en tequila. José Iglesias hace un gran despliegue de guitarra, mostrando toda su gama de recursos y sonidos, con solos incendiarios, guitarras cargadas de fuzz o con una simple Steel Guitar, con acordes lentos y cargados de ecos, como si supiera que es el disco de estudio con el que se despide de la banda. Fernando Ábrego luce más sutil en la batería. No es tan explosivo como en otros discos simplemente porque aquí las canciones no se lo exigen, suena más sobrio, pero sigue siendo un metrónomo, y hace gala de precisión en los remates y redobles cuando es necesario, luciendo sobre todo en ésos temas donde hay más influencia jazz. Cristóbal Pérez Grobet luce en el bajo por segundo álbum. En algunas canciones no brilla tanto, pero en otras se echa encima todo el peso, con líneas monumentales, como en “Dorina y Abel”, o en los slapeos de “Tu Alma No Pesa”. José Cruz se mantiene como el alma del grupo, cantando con esa imponente voz en medio tono y haciendo melodías pegajosas, a veces incluso coqueteando con el pop, pero todas de gran manufactura. Las letras esta vez se alejan por completo de los atisbos políticos y sociales que había mostrado en los discos anteriores. No hay un “Patios de Cristal” ni una “Niña Virgen María”, no hay temas acusatorios, aunque ningún tema se siente ligero, todos llevan esa densa poesía oscura de Cruz. Otro de los temas que sorprendentemente no están presentes, es la muerte. Y sorprende porque es un tema recurrente, directa o indirectamente, en casi todos los discos, que se acentúa hacia el final de la discografía, pero que ya se había presentado en trabajos previos. Aquí no. A pesar de ser más canciones, todas son más personales, siguiendo esa línea oscura e introspectiva, llena de noche y arrabal. Incluso va un poco más allá con “Jenny”, su versión de Lolita en la que narra un peligroso amor con una adolescente. Qué tanto está basada en hechos reales? O “Dorina y Abel”, en la que narra con sorna como engaña a su mejor amigo de la niñez? El caso es que el disco está impregnado de poesía negra, elegante, pesimista; y aunque acaso la muerte no se menciona directa ni indirectamente, José Cruz canta como alguien que ha perdido toda esperanza, que está prendido a la vida por un mero alfiler… un alfiler llamado Blues.

 

El álbum arranca de gran manera con “El Taxi de los Sueños”. Ese riff, un fuego cruzado de dos guitarras, es una delicia, chisporroteante, rockero, pegajoso como chicle. José entra con su voz limpia, con una melodía simple, pero igualmente adictiva, en los que inicia su melodía juguetona. Luego lanza un “Ohh-OHHH” en el que las guitarras hacen pausa, para arrancar ahora sí con todos los instrumentos. Una sección de metales dan un aire aún más travieso y desenfadado a la rola, jugando a la Big Band. Al 1:10, Cruz hace un solo de armónica en el que dialoga brevemente con las trompetas. Va cantando cada vez con más cinismo, despreocupado. La letra narra cómo a veces simplemente todo le vale madre. Algo que deberíamos hacer de vez en cuando. Pero lo hace con gran poesía: “Una mañana puedo enmudecer, meter mi voz bajo la almohada, oír los pasos del amanecer, entrando sin decirme nada”. Al 2:25 viene un segundo solo de armónica, más extenso. El bajeo es simple, saltarín. La batería también luce sobria, pero desbocándose un poco hacia el final con los excelsos remates. Es cierto, es una canción casi pop, sencilla, pero muy bien armada, y esta vez los metales juegan el factor sorpresa al vestir el tema. 

Seguimos con “El Blues del Atajo”, que a simple vista, pudiera parecer un Blues Genérico, con un riff base que se va repitiendo una y otra vez. Bueno, si esto es Blues Genérico, podría vivir con él toda mi vida. José Cruz es quien maneja la Steel Guitar en este tema, al menos de acuerdo a los videos de la época que hay en la red. Hace una intro de slide que no le pide nada a los maestros del Delta, llegando casi a los 50 segundos. La guitarra calla y entra esa voz, recitando las letras, más que cantarlas “Voy a liar un tabaco, en un solo de blues…” y es básicamente lo que hace. Iglesias y Pérez Grobet se encarga de armar el poderoso riff, y las dos guitarras se unen para los remates combinados en slide. Una armónica lagrimea al fondo, mientras la letra juega con su autobiografía: “Yo nací un día nublado, creo que nunca paró, de llover en las calles,alguien dijo que noviembre lloró”. Cerca del 2:00, José entra ya con más melodía. Notan como juega con los recursos? Cambia de una octava otra con una facilidad aplastante, regresa a platicar, de repente está gritando como si lo estuvieran acuchillando y la canción termina con Ábrego recorriendo toda la batería. Es simplemente espectacular lo que hacen y el enorme crescendo que logran con básicamente un riff… En la red circula una versión en vivo, de casi 9 minutos, con una intro verdaderamente descomunal, logrando una versión apocalíptica. En el Azul viene también una gran versión en vivo de 6 minutos, pero a pesar de que la calidad de sonido no es la mejor, la de la presentación en Querétaro es una de esas joyas que hay que ver para creer, poniéndose a l tú por tú a las mejores versiones en vivo de “In My Time Of Dying” . La versión de estudio es buena, pero ya comparando, luce contenida, y tras la intro, son apenas unos 2 minutos de la canción en sí que no alcanza a explotar del todo.

Llegan los matices jazzy con “Dorina y Abel”, con una guitarra que hace una espectacular intro. Esperen! No, no es una guitarra, es un solo de bajo, con el que Cristóbal muestra durante medio minuto el porqué entró a este combo de virtuosos! Tras esto, José Cruz entra con melodía casi platicada: “Te preparo un té o te sirvo alcohol? vienes a charlar o nos vamos a rajar el corazón?”, contestando con melodía, con una voz fina, cambiando al rol de la mujer que le responde. Las 2 guitarras hacen complicadas notas y arpegios, mientras el bajo alterna punteos con esas ráfagas jazzeras del principio. Ábrego lleva implacable el tresillo, con el que mantiene una tensión brutal. El puente es complejísimo. El narrador le confiesa a su amigo lo que pasó con su esposa, mientras juega con la melodía y los cambios de tiempo de manera sutil, haciéndolo parecer muy fácil, pero realmente mezclando 3 o 4 melodías, hasta reventar en el pegajoso estribillo. La fórmula se repite, aunque ahora pareciera que le ofrece un té o alcohol a su amigo. El tema pudiera parecer banal, pero noten la entonación con que canta. José Cruz pareciera estar sufriendo cada palabra, y uno se llega a preguntar si realmente pasó. Iglesias se discute con un gran solo para la coda, con el que termina la canción. Es una canción que de entrada puede parecer simple, pero es en realidad todo lo contrario al tema anterior, un tema complejísimo, una obra maestra de arquitectura musical. En contraste también con “El Blues del Atajo”, que se crece en vivo, ésta es una canción 100% de estudio, que en directo pierde este delicadísimo balance.

El disco no da descanso y nos vamos directos con “Jenny”, otro de los clásicos de la discografía de Rd14. Arranca con un gran Intro en slide, supongo que de Iglesias, mientras la batería va marcando los tiempos para entrar en ritmo. La canción es lúdica, con una guitarra crepitante, otra haciendo slides y el bajo haciendo escalas pentatónicas. Desde el inicio, José Cruz deja en claro de qué trata esto: “Jenny, me gustas por la edad, apenas los trece, y ya quieres volar, te metiste a mi cama a pura fuerza de voluntad…” Creo que ni Mick Jagger fue tan explícito en su momento. Los metales hacen esporádicas apariciones para darle más sabor a los remates y cambios entre estrofas, ocupando un rol cada vez más protagónico. Hacia el minuto 2 tenemos un solo de slide, corto, cristalino y preciso, que queda perfecto a esa línea “Eres un ángel, con piel de Satanás”. Hacia el final, el ritmo se vuelve un suave galope, mientras el narrador sigue rogando que lo deje en paz porque va a terminar en la cárcel. Una canción que hasta en su ritmo parece inocente, haciendo muy buen juego a la incisiva y polémica letra.

“Llame por Favor” es una balada con aires de Country-Blues, más contemplativa, y que da respiro al ritmo con que el disco había iniciado. Una guitarra acústica da la pauta con el suave rasgueo, mientras la eléctrica es la que va haciendo los arreglos, arañitas y slides, invirtiendo los roles que hasta el momento habían tenido. El bajeo es mucho más simple, y esta vez no hay batería, sino un pandero. La letra es también más sencilla, desde el punto de vista de un locutor de una estación de radio que transmite de madrugada e invita a los escuchas a llamar y contar qué los atormenta. Un temita ligero, campirano y fresco, y que sin embargo sigue mostrando la gran versatilidad de la banda para escudriñar cada matiz y subgénero del Blues.

Y bien, del Country, vámonos al Funk con “Tu Alma No Pesa”. Los metales lucen desde el primer segundo, con esa pegajosa figura, al más puro estilo de James Brown. Guitarras y Bajo están ecualizadas como en los 80’s, con un poco de eco. Pérez Grobet sleapea y básicamente se echa en hombros la canción. Las guitarras simplemente van frenéticas con los arreglos funkys. La melodía no me fascina, con Cruz Camargo otra vez recitando más que cantar. Al 2:30 tenemos un extrañísimo puente instrumental, con los arpegios con aún más eco. La letra es críptica, cargada de imágenes de desolación nocturna: Vino a mí la muerte iluminada, vino a parecerse a mi retrato”. No es de las mejores, pero el hecho de que jueguen a los RHCP sin hacer el ridículo ya habla bastante bien de ella.

“Contraley” es una preciosa balada, con una ambientación de película clase B de los 80’s. Inicia con Ábrego marcando el tiempo sutilmente con los contras. Luego se incorpora una delicada figura jazzy de guitarra… que no, que es bajo, Corvan!!! Bueno, Cristóbal de nuevo se luce haciendo sonar las 4 cuerdas como si fueran 6. Un sax viene a redondear la atmósfera de noche seductora, mientas las guitarras juegan con efectos satinados de phaser que suenan a sintetizadores. La banda va escalonándose así para armar un tema satinado, lleno de tensión y delicadeza. Pero lo que hace la canción es ese gigantesco poema de amor de José Cruz, una de sus mejores letras, no sólo de este disco, sino de toda su discografía. Ni siquiera sé con cual parte quedarme, ya que es una pieza total, una luz de esperanza entre la negra desesperación del resto del álbum. Un canto de amor maduro y profundo, que contrasta con “Jenny” o “Dorina y Abel”, y que puede llegar a conmover enormidades si te clavas mucho. Después de todo, pareciera que hay muchas mujeres con las que se puede tener sexo, pero sólo una, una en la vida a la que se le puede pedir “Baila conmigo en el patio al amanecer, Bajo este pelo de lluvia y contra ley”.

La cereza del pastel es “El Quinqué”, otro de los temas más queridos de la banda. No es precisamente un rocker, en vivo la tocan con bastante más distorsión y a toda máquina, pero curiosamente me gusta más la elegante versión en vivo, a medio tiempo. Esta es una oda al Blues desde el Blues. José Iglesias hace magia con su mítica Stratocaster negra y el wah, con el que hace sangrar cada nota, desde la intro, hasta cada lick con el que contesta las líneas de José, en un magistral diálogo. La guitarra rítmica lleva un ágil guitarreo, mientas que el bajo hace un buen riff de base y Ábrego lleva el ritmo preciso, haciendo un gran trabajo con los platillos en los estribillos. Los metales hacen una gran labor, dando colorido. José hace otra gran obra poética, que es una mezcla de autobiografía (“Vivo a media luna desde que empecé a querer”), de desamor (“polvo de tus días fue lo que dejaste ayer”), y de una tremenda pasión por el Blues en ese pegajoso estribillo, que tomaría como un auténtico lema: “Habría que matarme, tendrían que matarme, para arrebatarme el blues…”. Al 1:50, Iglesias hace un monumental solo con wah, con ciertos aires claptonianos, y que con todo respeto, no le pide nada a Slowhand. La versión en vivo, como decía, es más rápida, más rocker, sin metales, e Iglesias parece hacer un tributo más hendrixiano. La rola es magistral, uno de los temas emblemáticos de la banda, y mi favorita junto con “Pago Mi Renta…” y “Azul”.

Seguimos con “Devoto Amor”, un tema místico y majestuoso a la vez, de tintes orientales. Es el tema más experimental del álbum, el que más se aleja de la madre Blues, pero es notable la atmósfera que logran desde un inicio. Un grito hindú suena al fondo. El bajo arma un riff base, ágil que se repite pero sin cansar, las guitarras crean capas y texturas densas, mientras Iglesias va usando infinidad de recursos para vestir la canción, desde golpear cuerdas, arañitas, lentos rasgueos, mini requintos en ráfaga. Un violín hace fugaces incursiones para completar el mood, que pareciera sacado de los arrabales de Bombay. La canción es tensa, una especie de mantra con una melodía irresistible. Una vez que la escuchas, es imposible sacarse ese “Mira este devoto amor fumando Lucky Strike” por meses. La canción se va volviendo más densa por los adornos, y finalmente revienta en ese minimalista estribillo: “Míralooo, míralooooo…”. Al 3:30 tenemos un momento sublime, en el que violín y guitarra se espejean en ése requinto casi espiritual, hasta que finalmente las líneas se separan e Iglesias termina rugiendo. Fernando Ábrego merece también mención al construir la tensión, por el magistral manejo de los platillos con gran carga de ecos y por los remates al momento de reventarse. Hacia el final, tenemos un diálogo entre guitarra y violín cuyo único defecto es que parece terminar muy pronto. El tema es oscuro, con un cierto poder seductor. Guardando distancias, éste es el Kashmir de Real De Catorce, muy bien logrado y sin pretenderlo.

Cambiamos por completo del mood solemne a uno más informal, con “El Honor y la Furia”, en el que juegan a la Big Band. Los metales dominan con sus arreglos, mientras que Fernando lleva una batería jazzera en juego con el bajo, siempre ágil y saltarín. La canción pareciera más ligera y con una letra que de inicio no se entiende más que como un brindis a un montón de cosas sin sentido. Sin embargo, en el estribillo queda claro que ésta es la letra más social del disco, haciendo alusión a los indocumentados mexicanos que arriesgan su vida para cruzar la frontera y ganarse la vida que les es negada de este lado del río: “¡Esta tierra es tuya! como tu mujer, necesitas visa pa’ venirla a ver”. Al 2:25 Cruz se lanza un espectacular solo que muestra porqué es considerado de los grandes intérpretes de armónica de México, y al 3:10, Iglesias parece no quedarse atrás con otra cátedra de wah. 

“Beso de Ginebra” es un jazz nocturno, dominado por el fretless bass que no deja de tejer escalas. Las batería es casi un simple juego de platillos con escobillas, dando un efecto satinado y elegante. La guitarra va derramando notas intrincadas y llenas de elegancia. La melodía es adictiva, amarga. Cruz da vida a esa alma atormentada a través de su impecable lírica, un tipo incapaz de amar, siempre al filo de… La banda logra una atmósfera tensa, llena de humo de cigarro, gatos vigilando en el callejón, faldas rojas muy cortas, con olor a alcohol. Al 2:50 tenemos un solo, no es sax, pero crea un efecto similar, con el cual la canción se difumina. La rola es suave, pero a la vez poderosa, y distinta a otros temas jazzys de la banda, hipnótica, seductora, y de los temas más pedidos en vivo. 

El disco termina con “Esta Noche”, con el que retornamos al Blues más puro. Inicia a a armónica limpia, que lloriquea durante más de medio minuto, antes de que entre el resto de los instrumentos. Y de nuevo, lo que pudiera parecer una figura de Blues genérico, se vuelve mágica en las manos de estos tipos. Notan como el bajo lleva la pauta y va cambiando las notas que esperaríamos para darle ligeros matices, hasta hacer una insólita escala descendente, con la que preparan el primer clímax? “Eeeeeeeeeeeesta nocheeeeee, vibra un blues en mi interior…” grita José Cruz.  La banda da pausa. La guitarra suena por momentos con más distorsión, sin sonar oxidada, pero con más carga que en el resto del disco. La armónica vuelve a hacer otro solo, y luego viene Iglesias, haciendo un requinto pausado, que va tomando cada vez más velocidad, hasta terminar en una escala agudísima. La canción es simple, y dura casi siete minutos, pero estos tipos se las ingenian para hacerla interesante cada segundo, suben y bajan la intensidad a placer, se dan gusto agregando ganchos, y ese instante al 4:40, en el que Cruz prácticamente ruge el “Cada esquina es un silencio, que me vibra en el corazón...” es simplemente delicioso. Luego viene un solo de violín, y la armónica y guitarra se espejean para hacer los remates. Al final, los 3 instrumentos entablan un exquisito diálogo, cada vez más lento, como si ninguno quisiera tener la última palabra, cerrando de manera apoteósica con José tosiendo y carcajeándose. Una chulada de canción, que en vivo pierde el violín, pero gana en potencia, con una guitarra mucho más furiosa.  

En la versión del CD que tengo, al final vienen un par de Bonus Tracks. Son realmente demos, que nos muestran versiones germinales de las rolas, más crudas y aun sin terminar. El primero es “Jenny”, con un slide mucho más básico y una ecualización muy amateur, con un bajo apenas audible, sin metales. El segundo es “Tu Alma No Pesa”, en el que Pepe Iglesias hace con guitarra las figuras de los metales. El bajo también es distinto, sin esos increíbles slapeos de la versión final. Los bonus no aprotan precisamente, pero sirven porque en ambas se nota precisamente el gran aporte que terminarían haciendo los instrumentos de viento, sin los cuales, lucen algo desangeladas.

 

El disco es redondo, sin desperdicio alguno. Se enfoca en el Blues, pero lejos de sonar monótono, es tremendamente diverso, recorriendo todos los estilos, subgéneros y fusiones estándar del Blues. Es además, el disco de Real de Catorce que más coquetea con el Jazz, aprovechando que Cristóbal se había afianzado en el bajo y vino a aportar con sus conocimientos, dando amplitud al sonido del grupo. Iglesias está monumental, siendo éste su canto del cisne en estudio, aunque aún le faltaría esa apocalíptica despedida en vivo, mostrándose como uno de los guitarristas más virtuosos de su generación, usando todos los recursos posibles en guitarra, e insertando algunos de sus mejores solos. José por su parte, muestra quizá su cima poética, con letras más maduras, creando una de las mejores letras de amor de la historia, e impregnando cada canción con aires de tugurio, de noche, de alguien sin esperanza. No es un disco tan alabado y querido como el debut, pero a mi gusto, le compite al tú por tú el título de mejor disco del grupo, con el plus de que es más largo y la banda ya muestra un sonido más maduro. Es un disco que con cada oída crece y crece, una verdadera oda al Blues desde el Blues mismo. Si no lo han oído, qué rayos esperan???

 

 

 

Por Corvan

 

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