HOTEL, DULCE HOTEL (Joaquín Sabina, 1987)

Artista: Joaquín Sabina (B)

Fecha de Grabación: 1987

Fecha de Lanzamiento: 1987, ESP

Discográfica: BMG / Ariola

Productor: Joaquín Sabina y Jesús Gómez

Calificación: 8

                         

Era: Trova y Cantautores (1970-???)

Subgénero: Trova y Cantautores 

Mejor Canción: Pacto Entre Caballeros

Canciones: 1) Así Estoy Yo Sin Ti; 2) Pacto Entre Caballeros; 3) Que Se Llama Soledad; 4) Besos de Judas; 5) Oiga Doctor!; 6) Amores Eternos; 7) Mónica; 8) Cuernos; 9) Hotel, Dulce Hotel.

 

Encuentre las tres diferencias entre el Juez y Parte, y Hotel, Dulce Hotel: La portada, el título, el primero trae 10 canciones… JA, Gotcha! La verdad es que ambos discos a simple oída pueden parecer muy similares, pero en el fondo, sin que tampoco sea un discazo, el Hotel, Dulce Hotel marca un antes y un después para El Flaco, un cambio estilístico, que aunque apenas se nota aquí, a futuro sería trascendental para su sonido e imagen.

Entre ambos discos, es decir, entre 1985 y 1987 le pasó de todo a Sabina. Murió su padre, se separó de su esposa Lucía (aquélla que retrataría como Sofía en “Pero Qué Hermosas Eran”), lanzó el libro “De lo Cantado y sus Márgenes” que eran parte de sus Memorias del Exilio, lanzó una canción que atacaba al gobierno socialista de Felipe González… Pero, sobre todo, las noches del 14 y 15 de Enero del ’86 se presentó en el Teatro Salamanca de Madrid, en un par de conciertos que se grabarían para el disco doble Sabina y Viceversa. Ese par de noches fue el parteaguas. Guardando distancias, sería como la noche que los Beatles se presentaron ante la Reina Isabel y Lennon bromeó diciendo que la gente de los asientos baratos podía aplaudir y los demás podían agitar sus joyas. A partir de esas dos fechas, Sabina dejó de ser el más famoso de los músicos underground para ser una especie de renegado consentido del mainstream… hasta la fecha. Los conciertos en su versión vinilo serían un trancazo en ventas, con invitados como Aute, Javier Krahe (que a mi gusto se lleva el show con su “Cuervo Ingenuo”), Javier Garruchaga, Ricardo Solfa… Por otro lado, serían los últimos discos en que aparecería con Viceversa, y a partir de entonces firmaría como solista. Pero tuvo el buen tino de quedarse con lo más valioso de la agrupación, Panchito Varona, que en el Hotel, Dulce Hotel es fundamental en las guitarras.

Hay otro punto de inflexión antes de que entrara al estudio. Una reportera le preguntó por qué el Juez y Parte, y en general, sus discos hablaban poco de las mujeres y el romanticismo. Ahora es una pregunta que me haría caerme de la silla desternillado de risa, pero es cierto, en sus primeros discos Sabina era más político, autobiográfico y anecdótico. Así que se decidió a saldar esa deuda con las féminas, no precisamente de manera romántica… Digamos que a partir de este disco Joaquín Sabina se empieza a creer y a convertir en ese personaje que se había inventado. De 9 temas (el disco más corto a la fecha), 7 son directa o indirectamente sobre mujeres, pero lo interesante es como las aborda (las letras, no las mujeres). Sabina no toca el amor perfecto. No es el típico baladista, y creo que las únicas canciones de amor verdadero que podemos encontrar en su repertorio son dedicadas a sus hijas. Todas las demás son “mujeres fatales”; unas, las que lo han dejado herido y abandonado en una soledad existencialista (Lucía en ese momento, después Isabel y Jimena, sus futuras exesposas), que lo orillan a ser un patán con las demás mujeres. Y otras, los amores de una noche, esas a las que hay que convencer (o no tanto) de ir a la cama sin mayores presentaciones ni pretensiones, y que son las que lo hacen perder a sus “verdaderos amores”. Por si querían un verdadero círculo vicioso!

Ese Sabina cínico y descarado no nace aquí, pero es en este disco donde comienza a centrar sus letras contra las mujeres. Y a los adjetivos entonces, hay que añadirle a partir de aquí el de misógino, que vino a redondear ése personaje que hoy conocemos como Joaquín Sabina.

Musicalmente, no es un gran cambio estilístico. Acaso mayor presencia de guitarras, en las que Pancho Varona tiene mayor libertad y su rol se va volviendo más importante en las vestiduras de las rolas. Algunas son más roqueras y con una tremenda distorsión como “Pacto Entre Caballeros” y “Oiga Doctor”, pero la mayoría mantienen arreglos con reverb y arpegios cristalinos característicos de los 80’s, con una producción más cuidada ahora que buscaba un público más amplio.

 

El disco arranca con “Así Estoy Yo Sin Ti”, una de las baladas de desamor en las que trata desesperadamente de hacerle ver a su amada cómo ha quedado después de que lo abandonó. Además de que se puede considerar de las canciones melancólicas del Flaco, también entraría en las que hacen una enrome lista de metáforas, que es lo que vale de la canción. Cierto, la melodía es repetitiva, el estribillo no es precisamente fuerte, pero vale por las letras casi inverosímiles: “negro como los ángeles de Machín, febril como la carta de amor de un preso…  inquieto como un párroco en un burdel… quemado como el cielo de Chernovil…” que de alguna manera funcionan, y valen más por el lirismo en sí que por su intensión. Musicalmente lleva un ritmo lento, con arreglos esporádicos de la guitarra de Varona que juega con arañitas y armónicos. Tiene una fuerte carga de sintetizadores que van creciendo y una batería un tanto apática, con demasiado eco, que fechan la canción. Quizá se nota demasiado la intensión de llegar a un público más amplio, Sabina suena casi inofensivo, incluso vulnerable. No estará en mi top 20, pero las letras y el genio de Varona que se empieza a asomar, hacen que sea una rola que vale la pena y que se convirtió en un clásico menor. 

Luego viene “Pacto Entre Caballeros”, un divertidísimo Rock & Roll que es de las pocas rolas en las que las mujeres no aparecen directa o indirectamente. Un tema espídico, en el que Varona le mete la distorsión a todo, haciendo brillantes arreglos que le dan una tremenda fluidez a la rola. Se las ingenia para sonar potentísimo, cuasimetalero, pero a la vez elegante. La batería va a toda marcha. Y aunque en estructura es un simple R&R, hay interesantes cambios melódicos que se salen de la estructura simple de 3 tonos. Ahora, lo que vale nuevamente son las letras, divertidísimas, narrando lo que empezó como un asalto, pero que cuando los trúhanes lo reconocieron, no sólo le regresaron todo, sino que se fueron a una épica juerga nocturna con él, pagándole todos los gastos (incluyendo “los encantos de Maruja”). En compensación por el no asalto y las atenciones, Sabina prometió componerles una canción. Ésta, precisamente. Todo narrado con un cinismo divertidísimo. Por mucho tiempo en México se corrió el rumor de que el asalto había ocurrido en nuestra honorable y segurísima capital, pero de hecho, creo que a esas alturas ni siquiera había cruzado el Atlántico. En el En Carne Viva Sabina dice que la mitad de la anécdota es inventada, y está más inspirada en un malentendido con un abrigo que “se perdió” en un restaurant. No le importaba tanto el abrigo, sino los bocetos de algunas letras de este disco que tenía guardados en él. El caso es que es una canción muy movida, con excelente instrumentación y una guitarra brillante, que no opaca la tremenda melodía, el fraseo y sobre todo, las ingeniosas letras, en las que no desaprovecha para burlarse de la policía en la coda (para fastidio de su hermano, policía). Cuando haga mi top ten de Sabina, tendrá que ser dividida en varias categorías (desamor, arrabaleras, las que hacen listas…) ésta sin duda está en mis favoritas de las canciones cómicas de Joaquín.

Continuando con el buen inicio de disco, llega “Que Se Llama Soledad”, una canción nostálgica, nocturna, en la que retrata más indirectamente cómo ha quedado después de la separación de su esposa (la misma con la que se casó para salir del cuartel una semana, y que a menos de un mes lo sorprendió con otra en su cama). Es más personal de lo que parece. Una melodía pausada, pero pegadiza: “Algunas veces vivo, y otras veces, la vida se me va con lo que escribo”. Y narra más de cerca ese círculo vicioso, en el que extraña un amor fijo, que le es imposible retener porque también es adicto a los amores pasajeros. Y en medio de todo ello está “Esa amante inoportuna, que se llama Soledad”. La letra tiene buena lírica, deambulando entre la melancolía y el cinismo, pero dejando medias verdades entre línea y línea: “No quiero hacerte chantaje, sólo quiero regalarte una canción”. La música es lenta, sin prisa alguna, con una batería dando atisbos jazzeros, un fagot llevando los adornos al fondo, acentuando ese aire agridulce de la canción. En esa especie de autobiografía entrevistada revela que la lírica es más rebuscada porque intentaba hacer una especie de homenaje a Silvio Rodríguez: “Algunas veces doy con un gusano, en la fruta del manzano, prohibido del padre Adán; o duermo y dejo la puerta, de mi habitación abierta, por si acaso se te ocurre, regresar”, siguiendo la estructura de soneto. Otro clásico menor en su larga discografía.

Sigue “Besos de Judas” cuyos sintetizadores pop fechan demasiado la rola. Las guitarras nuevamente hacen buenos arreglos, en un ritmo más rockero sin llegar al nivel de “Pacto”. Por momentos Panchito hace Power Chords distorsionadísimos y una poderosa escala descendente al final de cada estribillo: “Por eso a veces tengo dudas, no será un tal judas el que la enseñó a besar”. Un bajeo punteado y con mucho volumen, también fechado, y que apenas se desprende para hacer algunos arreglos independientes. Esta vez trata sobe uno de esos amores pasajeros con los que se encapricha, pero que no llegan a algo serio: “juega conmigo al gato y al ratón, si le pido quédate un poco más, se viste y se va… Cuanto más le doy ella menos me da”. No es mala, pero el disco comienza a menguar aquí.

Luego llega “Oiga Doctor”, otro rockanrolito, de tintes más autobiográficos, donde se burla de sí mismo, del ascenso y la fama, de esa concepción de que el artista feliz no puede hacer buen arte. Y se avienta líneas de antología cargadas de cinismo: “Oiga, doctor, que no escribo una nota, desde que soy feliz” aunque presuntamente por estas fechas estaba en una de sus peores depresiones. Entre broma y broma también deja ver atisbos de verdad “solo quiero ser yo, y ahora parezco mi caricatura”. Tiene una guitarra punzante, lúdica y ágil, con relámpagos de sintetizador, un piano boogie, solos de sax, una melodía adictiva y un buen estribillo, además de un cierre nada sutil: “Nada de disimulos, la cumbre se me está, clavando por momentos en el culo”. Tardarían un poco en desprenderse del modelo de Miguel Ríos para los temas rápidos, pero nuevamente la canción vale por el tremendo ingenio lírico, en el que Sabina está creciendo enormidades.

“Amores Eternos” es una canción más floja, con una melodía repetitiva donde no se distinguen mucho los versos de los estribillos. Un ritmo vagamente latino, que intenta sonar nocturno y más bien suena desmañanado, con un bajeo muy profundo y unas marimbas sintetizadas. La letra mordaz es acaso lo que la rescata, nuevamente sobre esas mujeres indómitas de las que se enamora brevemente, pero en cuanto los revolcones se empiezan a volver rutina, escapan uno u otra. En este caso ella. “Conservo un beso de carmín que sus labios dejaron, impreso en el espejo del lavabo, una foto amarilla, un corazón oxidado” y el coro, ligeramente más pegajoso “con ella descubrí que hay amores eternos, que duran lo que dura un corto invierno”. Un tema con poesía que muerde, pero con todo el aspecto musical muy flojo.

“Mónica” es otro rockanrolito a medio gas, donde ya todos los recursos suenan a cliché, algo predecibles, e incluso las letras tienen un vago sabor a Deja Vú. Esta vez son sobre una nueva conquista, que se le sigue negando a la “prueba de amor”: “No me digas tal vez, quizás, puede que, mañana, que de tanto esperarte van a salirme canas”. Esas que cuando finalmente “caen” en sus redes, les escribe otra canción con estribillo de “vístete y vete”. No tengo problema con el tema, pero este es totalmente olvidable. Además de que recuerda demasiado la milonga “La Fulana” de Jorge Vidal.

"Cuernos". No, no tengo problema con el tema. De hecho los temas arrabaleros y de total despecho son quizá sus mejores rolas. Pero así como me repatean las rolas que dan sermones y llaman a ser Madres Teresas de Calcutas, también me chocan las rolas inversas, frívolas y que invitan a la vida superficial nomás porque sí. Y esto es esta rola, idiota de principio a fin, con un ambiente de cabaret y coros femeninos repitiendo ese horrible “cuernos, cuernos, cuernos”. Cierto, es más pegajosa, pero es insufriblemente idiota.

Y cerramos con el tema titular, “Hotel, Dulce Hotel”, que inicia con cierta promisoria tensión,  con Power Chords muy calculados y un bajeo sintetizado, que se sobrepone a otro bajo más pausado. Se crea cierta tensión que parece que va a estallar en un gran coro, pero este es más bien flojo. Líricamente es otra oda a la infidelidad, pero al menos con algo más de la poesía que la anterior: “Tú sabes que en el purgatorio no hay, amor doméstico con muebles de skay, no es que no quiera, es que no quiero querer, echarle leña al fuego del hogar y el deber”. El título de la rola (y del disco) son realmente un resumen de ese personaje que en este álbum se termina de definir y que irá mejorando disco a disco: “Hotel, dulce hotel, hogar, triste hogar…” La rola mejora un  poco respecto a las anteriores,  pero es monótona, y ni la guitarra de Varona la logra hacer memorable.

 

Podemos decir que es el debut de un nuevo Joaquín Sabina. Uno que se ha hartado de lanzar dardos políticos y ser censurado o ignorado. Uno que ha encontrado en la soledad y la infidelidad (temas con los que arranca y cierra el disco, respectivamente), los pilares en los que forjará ese personaje impenetrable. Eso y su cinismo y tremenda habilidad lírica. Para ser un “debut”, no está mal, nos da atisbos de ese genio y de lo que vendrá, coloca uno o dos clásicos, pero varias rolas navegan entre la medianía y lo olvidable. Es un disco escuchable, mejor que el anterior, sin duda, pero aún lejos de su mejor nivel. Los desamores y la soledad irán afilando su pluma. Y García de Diego, quien está por iniciar su genial aportación a la mejor época del Flaco, que está por empezar.

 

 

Por Corvan 

 

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