ISLANDS (King Crimson, 1971)

Artista: King Crimson (C)

Fecha de Grabación: Oct del ‘71

Fecha de Lanzamiento: 3 de Diciembre de 1971, UK

Discográfica: Island/Atlantic

Productor: King Crimson

Calificación: 3

Era: Progresivo (1969-???)

Subgénero: Progresivo

Mejor Canción: Prelude: Song Of The Gulls

Canciones: 1) Formentera Lady; 2) Sailor's Tale; 3) The Letters; 4) Ladies Of The Road; 5) Prelude: Song Of The Gulls; 6) Islands.


King Crimson es una banda muy curiosa. Podía salir con joyas eternas, y de repente podía salir con bodrios como… ehrr… éste. Robert Fripp es un genio, no hay duda, pero todo apunta a que también tenía un genio del carajo y eso alejaba a los músicos de los que se rodeaba, por lo que King Crimson no podía ser un proyecto sólido y constante. Si el cantante no estaba de acuerdo con lo que quería, no hay problema, al diablo con él y escojamos al primero que encontremos. Si no sabe tocar el bajo, qué diablos! Le enseñamos!! En esta etapa inicial, ya habían sorprendido con su espectacular debut, que sentó las bases del Prog, y su segundo disco daría cierta continuidad a dicho sonido (quizá, sospechosamente, demasiada continuidad). En 1970 dieron un drástico giro a su sonido con el Lizard, y, desgraciadamente, ésta cuarta placa también parece darle continuidad.


Esto es claro, debido a tanto cambio en la alineación. Después del lanzamiento del Lizard, se enfrascaron en un Tour a inicios del ’71 con la mitad de la alineación amotinada. Haskell y McCulloch estaban molestos con el resultado del disco (y con justísima razón), ya que ellos tenían más orientación al Rythm & Blues. Haskell, amigo de la infancia de Fripp, se negó rotundamente a cantar con los efectos electrónicos y distorsión que le pedía Robert. Fripp, tuvo que ceder, ya que no se podía permitir perder al vocalista con la gira encima, pero terminando el tour, Haskell terminó renunciando y además de su bajo, se llevó al baterista Andy McCulloch. Así pues, King Crimson quedó reducido de nuevo a 3 miembros: el inamovible Robert Fripp en la guitarra, Peter Sinfield como letrista, y el flautista y saxofonista Mel Collins.

Las audiciones para nuevos integrantes iniciaron a mediados de año. Entre los prospectos que audicionaron estuvieron Brian Ferry, quien después se convertiría en vocalista de Roxy Music, John Gaydon, y… - agárrense a sus asientos – Elton John, que estuvo a un pelo de entrar a la alineación, hasta que Robert escuchó sus discos. Quizá fue lo mejor para todos. Fripp tuvo acercamientos por ese entonces con el bajista de Mogus Trash, un tal John Wetton, pero declinó, de momento.


Finalmente, Ian Wallace se terminó quedando con las baquetas y Raymond “Boz” Burrell con la voz líder. Inicialmente también habían reclutado a Rick Kemp para el bajo, pero se bajó del tren de último segundo, dejando las 4 cuerdas vacantes. Entonces, why not? Si Burrell sabía tocar la guitarra, por qué no hacerlo tocar el bajo para seguir con la tradición de vocalistas/bajistas? Total, cualquier idiota que sepa tocar guitarra puede aprender a tocar el bajo ipso facto. NOT! Fripp le enseño los preceptos básicos, como si se pudieran enseñar en un par de semanas, y así mataron dos pájaros de un tiro. La verdad es que lo ven a uno y parece fácil, pero no… Lo importante es que King Crimson estaba completo. La pregunta era, por cuánto tiempo?


En Octubre entrarían al estudio a grabar el cuarto disco. El Islands sería el último álbum de la considerada Primer Era de King Crimson, básicamente porque es el último donde interviene Peter Sinfield como letrista y porque después lograría de nuevo otra gran alineación. El resultado es el de esperarse. Un disco de malo a malísimo, en el que hay dos grandes problemas: los 2 nuevos integrantes y las pésimas composiciones. Durante estos primeros años, Crimson se dio el lujo de perder miembros talentosos y los fue reemplazando por tipos cada vez menos capaces. Burrell es uno de los vocalistas más débiles en toda la discografía del Rey Escarlata. La voz de Boz (Ja!) es plana, tratando de imitar a Lake, pero sin intensidad ni personalidad, y su bajeo es simplemente el del amateur que es. La batería de Wallace no es mala en sí, sienta a la música, pero nunca resulta verdaderamente interesante.


El disco aún muestra algunas de las influencias jazzies del Lizard, básicamente por la labor de Collins en el sax, pero tiene más bases de música clásica. Esto lo vuelve, si no caótico, aburrido. Nunca se siente a Fripp o a Collins explotar realmente con sus instrumentos, y los demás dan un soporte muy débil. Nada queda de la agresividad y virtuosismo del 21st Century Schizoid Man que los hacía tan adictivos. Las composiciones son débiles, y suenan más a improvisaciones en las que cada quien va por su lado. Los temas que más sufren son los más largos: Formentera Lady, Sailor’s Tale, y el tema titular. No tengo nada contra las improvisaciones, pero deben ser inspiradas, no forzadas. Ni tengo nada contra los temas épicos, pero aquí no hay dirección, se sienten eternas, a diferencia de los temas de Genesis de la época, donde podían durar el triple, pero cada nota estaba perfectamente en su sitio, y cada parte hacía una transición perfecta a la siguiente. Peter Sinfield, además, toca su punto más bajo como letrista. Sería duramente criticado por la misoginia en temas como “Formentera Lady”, “The Letters”, y “Ladies of the Road”, con palabras rebuscadísimas, que hicieron que Boz mostrara su desacuerdo con su manera de escribir. En fin, todo lo que podía salir mal en este disco, salió mal. Afortunadamente, la segunda cara es algo más melódica. No necesariamente buena, pero hay algún sentido. No es que eso rescate al disco, pero en mi opinión, al menos lo hace más salvable que el Lizard.



El disco arranca con “Formentera Lady”, que de inicio muestra las influencias más clásicas del álbum con una intro de Contrabajo con arco, una flauta revoloteando, y raudas escalas de piano. Al 1:40 entra Boz con la rebuscada letra y una melodía suave, no mala, pero no precisamente memorable. Uno pudiera pensar que es una balada tipo “Moonchild”, mientras las flautas, pianos y contrabajos siguen entretejiéndose de forma algo desordenada al fondo. Al minuto 3 entra un bajeo punteado e inicia en forma la canción, con la flauta llevando la pauta melódica, que no es mala en absoluto. “Formentera Lady sing your song for me, Formentera Lady sweet lover”. Justo cuando estamos empezando a disfrutar del ritmillo oriental, regresan al desorden inicial, y así se van intercalando un buen rato. Si la hubieran dejado hasta el minuto 5 o 5:30, hubiera sido un tema psicodélico rescatable. Pero Collins cambia la flauta por el sax y empieza con un solo sin demasiada dirección que vuelve el tema aburrido y disonante. La cosa no hace sino empeorar, y el jam se va extendiendo sin dirección, con ruidos y gritos de fondo que parecieran sacados de cualquier canción de Yoko Ono. Se une una sección de cuerdas y de repente estamos escuchando a cada quien por su lado, en su tono, en un jam inescuchable y que se alarga hasta más del minuto 10, lo que arruina por completo las partes salvables de la canción.


Si creíamos que ya había pasado lo peor, pues no. “Sailor's Tale” es un tema instrumental de más de 7 minutos. Arranca con un buen ritmo jazzy de Wallace, al que se agregan cuerdas para crear la figura principal, en un suave vaivén. De entrada resulta agradable, pero tras oírlo repetirse 476 mil veces, se vuelve un taladro. Boz no tiene que ocuparse de la voz, por lo que hace aquí la figura de bajo más compleja del disco, que tampoco es demasiado complicada que digamos. La idea inicial de nuevo era buena, pero la repetición y la improvisación del sax y melotrón con disonancias vuelve a dar todo al traste. No hay cohesión y otra vez pareciera que cada quien está tocando temas distintos. Lo más salvable acaso sea el desordenado solo de guitarra de Fripp, que entra con guitarrazos al 2:50, pero después también cae en excesos y con ruidos de fondo que arruinan el clímax. Es el problema del disco, que incluso Fripp y su escelsa guitarra suenan desangelados y tocando por tocar. Hay algunas buenas ideas, pero mal llevadas, y al final se vuelve en una tremenda losa de casi 7:30. Y se nos va así prácticamente medio disco, con jams Avant Garde incoherentes, disonantes y ruidosos.


“The Letters” cierra el lado A, y fue escrita en 1968, cuando todavía eran Giles, Giles and Fripp. Quizá por ello la intensión es más melódica. Y digo intensión porque Boz se encarga de cantar con una apatía que conduce al bostezo, a pesar de lo desafortunadas de las letras, que habla de dos mujeres que se pelean por un hombre. Hubiera sido interesante escucharla con la intensidad de Lake. Posteriormente Collins hace unos fastuosos arreglos de saxofón y combinados con el melotrón de Fripp, que nos hacen despertar y que funcionan bien, recordando el debut. Pero luego se encarga él mismo de asfixiar la rola con el sax y sus insoportables improvisaciones. Wallace, por su parte, parece no atinar cómo hacer de manera acertada los cambios de tiempo. Con todo, es menos peor que los temas previos, o al menos es más corto.


El segundo lado inicia con “Ladies Of The Road”, un tema que habla de… ehrr… groupies? King Crimson hablando de Groupies? Esto habla del nivel lamentable que hasta Sinfield había alcanzado. Bueno, supongamos que un grupo tan serio y pretencioso tiene sentido del humor y que es una sátira, sobre todo por la instrumentación bluesera y ese aire de parodia con que canta Boz, además del puente pop con coros en armonías al 3:15, con aires muy beatlescos.


Sigue “Prelude: Song of the Gulls”, un bello tema instrumental y de orientación totalmente clásico, en el que Fripp aprovecha los músicos de sesión que tenía en estudio para desarrollar otra composición de su etapa con Giles, Giles and Fripp. Es un tema hermosísimo, con influencia de Vivaldi. Posiblemente, como todas las composiciones clásicas de rockeros, sea un plagio, pero en este caso es uno de los mejores, con las cuerdas haciendo perfectas armonías, la flauta tocando por primera vez de manera no sólo lógica, sino que no aplasta el tema y en cambio le da mayor delicadeza. Por supuesto, no revoluciona el terreno clásico, pero es evidentemente el tema más coherente del disco, y una bocanada de oxígeno, un amanecer tras una noche tormentosa, aunque muchos lo consideran un mero relleno. Un buen día lo podría marcar en rojo.


El álbum cierra con “Islands”, el tema titular, una suite de 10 minutos. Aunque siguen los jams, se trata de una balada que, a estas alturas, nos resulta adorable comparada con la primera mitad del disco. Teclados, melotrón y cornos se conjugan de manera sutil, creando una bella atmósfera. Boz canta de manera aceptable, sigue intentando imitar a Lake, pero aquí al menos el ritmo lento le sienta a esa voz, que además muestra cierta emoción por primera (y última) vez. Cierto, no es muy substancial, pero es bastante relajante y termina siendo un bálsamo en comparación. Hacia el final, tras un breve silencio, podemos escuchar los instrumentos de cuerda afinando, voces de Fripp al fondo dando instrucciones: “What we're going to do, umm... do it twice more, once with the oboe, once without it, and then... we finish”. Se supone que es un track oculto que en realidad no aporta mucho. En alguna de las reediciones de CD se eliminó por accidente y al parecer no le hizo gracia a Fripp.



Quizá es que no soy muy versado en el Jazz, y particularmente en el Modern Jazz y Free Jazz (así como no tolero el arte abstracto), y en realidad el Islands y el Lizard son piezas que los enterados consideran piezas de colección. En algún momento Charlie Parker también fue criticado y terminó revolucionando el Jazz. La cuestión es que, desde la perspectiva de un simple mortal crítico de Rock, no hay pies ni cabeza en la mayoría de los temas. Un disco bipolar, donde los pocos buenos momentos se ven interrumpidos abruptamente por jams y disonancias. No se puede decir que sea Progresivo (aunque me aferro a dejarle esa etiqueta), ni clásico, ni Jazz, sino una mezcla desequilibrada de todos estos elementos, que nos deja en un estado confuso. Qué estaban tratando de hacer? Quizá ni ellos mismos lo saben. Por ello es considerado casi universalmente como el disco más odiado de King Crimson, aunque a mi gusto, los dos últimos temas lo vuelven ligeramente más rescatable que el Lizard.

Tras el lanzamiento, la banda se iría de gira, esta vez con todos los demás integrantes peleándose con Fripp por diversos motivos. Al final, Burrell, Collins y Wallace ofrecieron una tregua para grabar otro disco, pero Robert tenía ya en mente una nueva encarnación de King Crimson. Les daría las gracias e iniciaría la segunda etapa del grupo, con la que crearía esa gran trilogía conformada por el Larks' Tongues in Aspic, Starless and Bible Black y el Red, pero esa ya es otra historia. Mi recomendación es, aléjense del Islands, incluso si eres completista. Corres el riesgo de naufragar…


Por Corvan