MALAS COMPAÑÍAS (Joaquín Sabina, 1980)

Artista: Joaquín Sabina (B)
Fecha de Grabación: 1980
Fecha de Lanzamiento: 1980, ESP
Discográfica: Epic / Ariola
Productor: José Luis de Carlos
Calificación: 6

 

 

Era: Trova y Cantautores (1970-???)

Subgénero: Trova y Cantautores 

Mejor Canción: Calle Melancolía o Bruja

Canciones: 1) Calle Melancolía; 2) Que Demasiao; 3) Carguen, Apunten, Fuego; 4) Gulliver; 5) Círculos Viciosos; 6) Pongamos que Hablo de Madrid; 7) Manual Para Héroes o Canallas; 8) Bruja; 9) Mi Amigo Satán; 10) Pensándolo Bien.

 

Vaya, un gran avance respecto al debut! Joaquín Sabina aún está a años luz de su mejor nivel, pero se nota una gran evolución a comparación del Inventario. En aquél disco suena forzado, es un disco que grabó por grabar cualquier cosa, pero aquí ya se atisba un Sabina más natural, más suelto, se le nota él mismo, más libre y descarado. Si al Inventario le ponemos otra voz, ni nos daríamos cuenta que es un disco de Sabina. Aquí sí; su estilo ya está presente y eso es un gran alivio y se manifiesta en la calidad del álbum. Además tenemos ya tres grandes clásicos de su discografía: “Calle Melancolía”, “Pongamos Que Hablo de Madrid” y “Bruja”, grandes temas que puede o no tocarlas en vivo, pero que son de las favoritas de los fans a casi 30 años de distancia.

El disco también representa una transición. Si bien no tiene tantos tintes políticos en las letras como en anterior, aún se nota esa rabia crítica en varias canciones, y el tercer corte es un furibundo ataque al ejército, después de que se vio obligado a prestar su servicio militar tras su exilio, y por culpa del cual se vio “obligado” a casarse por primera vez. Me explico: Sabina estaba de servicio militar en Mallorca y decidió casarse con la argentina Lucía Correa nada más y nada menos que para ganar su pase de pernocta, es decir, su permiso para irse unos días de luna de miel, porque ya no aguantaba estar un segundo más encuartelado. El mismo Sabina cuenta entre risas que no habían pasado ni tres días cuando su nueva y flamante esposa lo encontró en la cama con otra. A la fecha no sé qué fue peor para él, si el servicio militar o ese primer matrimonio.

En fin, el disco es ligero, suelto. Muchas de las melodías no son memorables, son repetitivas y simplonas sin demasiados ganchos, pero con buenas letras. O por el contrario, “Círculos Viciosos” tiene una letra enfadosísima de Chicho Sánchez Ferlosio, que intenta ser ingeniosa pero peca de tarada; sin embargo la instrumentación es más cuidada y me gusta bastante ese arpegio juguetón y algunos otros detalles. Es de destacar por otro lado que la peor letra del álbum no sea propia. Sabina pues está buscando un equilibrio entre las ideas musicales que tiene y la excelente poesía que es capaz de hacer. Sin embargo, no es secreto que él sólo sabe hacer armazones musicales, esqueletos melódicos que sus músicos visten con sus propios arreglos, ya que los conocimientos musicales de Joaquín son relativamente limitados. Los colaboradores musicales en este disco, Hilario Camacho y José Antonio Romero, aunque son capaces de dar algunos detalles buenos a las instrumentaciones, son limitados y no poseen la maestría ni la sensibilidad de García de Diego y Panchito Varona, que serían con quienes realmente establecería después la sociedad musical que le traería sus mejores discos a partir del ‘88.

 

El disco inicia con “Calle Melancolía”. Decía yo en el la reseña del Inventario que los intentos de Sabina por copiar el estilo de Serrat generalmente son patéticos. Pues bien, esta es una de las excepciones. Después de estar una temporada con Javier Krahe y Alberto Pérez en el café “La Mandrágora”, rehusó encasillarse en la etiqueta de “cantautor”, y prefirió irse directamente al género Sabiniano, bastante más exclusivo y que le cae de perlas al ser él su inventor y único exponente (aún así la etiqueta que le estaremos dando aquí es el de trova y me vale). Sin embargo esta canción es de las que más se acercan a la musicalización sencilla pero perfecta de Serrat, con excelentes arpegios de guitarras acústicas, y con una letra absolutamente desamparada, nostálgica, perfecta, que va más de la mano de los cantautores que del estilo Sabiniano. Esta fue la primera canción que escuché de él, y la primera que aprendí en guitarra. La canción musicalmente es muy sencilla, un círculo de bastantes tonos que dan la vuelta una y otra vez, sin variación ni siquiera en los coros. Sin embargo la letra es perfecta, logrando ese balance exacto entre la melancolía que sugiere su título, pero sin caer en a autocondescendencia. Las imágenes poéticas que logra están mucho más dirigidas que en el Inventario. Ya no es una lista enorme de cosas sin relación, sino que va pintando la ciudad y la ausencia con pinceladas poéticas de gran manufactura. Y a pesar de lo sencillo de la armonía, logra dar pautas y entonaciones imperceptibles para mantener la canción y resaltar los coros de los versos. Esto es un gran mérito, ya que esta canción la interpreté innumerables ocasiones en los cafés en mi etapa trovera y realmente uno no se imagina lo difícil que es mantenerla a flote y hacerla funcionar de la manera en que Joaquín lo hace. En fin, una joya atemporal con la que se destapa “El Flaco”.

Sigue “Que Demasiao” que al parecer iba a salir en el debut y por alguna razón desconocida quedó fuera. Resulta extraño ya que la canción es muy buena. Mantiene el nivel de “Calle Melancolía”, pero ya con el estilo mas desgarbado y descarado de Sabina, sin influencia alguna de Serrat. La instrumentación es sencilla, pero incluso me parece mejor lograda y rica que la anterior. Se escucha una guitarra acústica haciendo arreglos a tres cuerdas a lo largo y ancho de la rola, incluso haciendo una intro juguetona y memorable. Pero además tenemos otra guitarra haciendo un slide bluesero que viene a resaltar el tono amargo de las letras y que se atreve a un solo lento pero bastante decente al 2:30. Por ahí también suena una armónica algo tímida alrededor del 2:50. No es un blues. No es una balada. De hecho, no tengo ni la más remota idea de qué genero es este, y por eso digo que mejor lo dejamos como “Sabiniano”. La letra también es deliciosa, casi autobiográfica, narrando las amargas aventuras de un delincuente urbano que en su primera parte me suena demasiao a un joven Sabina en Úbeda, y remata con una de esas ironías tan deliciosas que después se le volverán costumbre. No es un clásico de su repertorio, pero sin duda es de las mejores rolas de este segundo disco.

Continuamos con “Carguen, Apunten, Fuego”. Esta es de las que mencionaba que tienen una gran letra, pero la música es horrible y muy repetitiva, con ese riff juguetón y descarado que está bien para empezar la rola, pero no para repetirse un trillón de veces, incluso en los pocos cambios de tonos que hay, convirtiéndose en un taladro. Lo que salva la canción es la tremenda rabia que transpira la letra, donde Joaquín se afila los colmillos y se va con todo contra la mili que lo obligó a prestar servicio, desnudando los vicios, el tedio, el fastidio de las obligaciones y lo difícil de estar lejos de la familia (cof cof, desmadres, cof cof). En esta canción menciona directamente a su esposa en la línea que dice “Hace ya dos semanas que Lucía ya no me escribe”. En fin, la canción vale la pena al menos por lo curioso y bien hecho de las letras.

El cuarto track es “Gulliver”, en donde Sabina parece ponerse otra vez el traje de cantautor, haciendo un trabajo mas bien acústico y minimalista. Sin embargo la canción es muy, pero muy floja. El único gancho memorable es esa escalita descendente a mitad de los versos. La melodía vocal también es apenas existente, y los versos parecen forzados con calzador, tomando forma apenas al 2:25 cuando entra la batería y la canción toma forma de canción. Sobre la letra, tengo mis dudas. Entiendo la ironía y la enorme crítica social y el reflejo de las envidias que hace, tomando elementos literarios del libro de Jonathan Swift, pero creo que se queda a medio camino y termina siendo una canción más bien cargada de moralina. Si las buenas letras no salvan una melodía tan pobre, entonces tenemos una mala canción.

Sigue “Círculos Viciosos”. La letra es de Chicho Sánchez Ferlosio, que no sé si es la voz que le va contestando en ese curioso diálogo. Lo cierto es que la rola no lleva absolutamente a ningún lado. Ni termina siendo una crítica, ni termina siendo graciosa, ni es sarcástica y al final uno se queda esperando que algo hilara las historias, que hubiera un final inesperado que diera sentido a todo, pero no lo hay y uno se da cuenta de que es bastante estúpida. La música en cambio me agrada bastante, con un ritmo guapachoso y desenfadado, algunos guitarreos agudos en los coros, y otra haciendo unos vaivenes muy rítmicos durante los versos hacen que no sea tan pesada, además de que el mismo diálogo la hace ágil, por lo que no la marcamos en azul.

“Pongamos Que Hablo de Madrid” es otro de los clásicos de este disco, y tan es así que esta se ha convertido en el himno no oficial de la capital Española. La instrumentación nuevamente es un círculo, pero esta vez va en un imperceptible crescendo, que inicia con una guitarra sola haciendo arreglos muy monos con arpegios y demás, a la que se le van sumando instrumentos mientras la voz va subiendo de intensidad para que, sin darnos cuenta, termine en una monumental coda con bajo, batería, teclados, y coros gitanos de fondo para un final excelso. Esta vez los detalles musicales están muy bien cuidados sin ser exagerados, y sirven a la perfección a la letra, nuevamente paisajista, en la que nos va pintando escenas cotidianas cargadas de metáforas incisivas, que a pesar de todo terminan siendo una de las más grandes odas a una ciudad. Sobresaliente si tomamos en cuenta que Sabina no es madrileño, aunque es de todos conocido que dicha ciudad es el único amor que le ha durado toda la vida. Me encantan en particular los versos con que cierra, ya que a pesar del cariño que muestra a la metrópolí, no se olvida de su terruño natal. Gran canción.

Continúa “Manuel Para Héroes o Canallas” que es un tremendo soporífero. De la música poco se puede decir, es un intento de jazz muy ligero y malogrado que trata de darle un aire arrabalero a la canción, pero nunca cuaja. Y la letra es peor, una enumeración de acciones para convertirse en un canalla hecho y derecho. Me encanta el valemadrismo de Joaquín Sabina y no tengo problema cuando narra con éxito los bajofondos, los excesos y la vida nocturna, ya sea de él mismo o de otro, pero aquí no va a ninguna parte, y es redundante tomando en cuenta lo bien que lo hizo con “Que Demasiao”, por lo que ésta es por mucho la peor del disco.

Afortunadamente sigue “Bruja” (tu canción, comari!). Aquí me gusta bastante la manera en que van dando bajones y subidas al ritmo, creando ganchos a diestra y siniestra, desde el tamboreo de la batería al inicio y durante los coros, el bajo que hace algunos arreglitos que destacan, y la guitarra que hace uno de los solos que más me gustan de la era pre-Varona-García-de-Diego. Líricamente también es una delicia, una de las más misóginas de esta etapa temprana, pero con ese equilibrio perfecto que no alcanza a caer en lo vulgar ni ofensivo. Creo que es la única canción en la historia en que llaman “Bruja” a una mujer con tanta poesía, hablando de falta de compromiso de él mismo, pero también del despecho y de la mujer que hay debajo de ese “disfraz” de bruja. Otro de los puntos fuertes de este álbum.

Continuamos con “Mi Amigo Satán”. La armonía es muy floja, por lo que no vamos a repetir lo ya dicho. El mérito otra vez es la letra, que bien le pudo ameritar la excomunión. No, no es para tanto. Sin embargo, si a Black Sabbath los encasillaron de satánicos por narrar una historia de amor del diablo en su debut, me parece que aquí Sabina se arriesga mucho. Mucho! Pero sale sorprendentemente muy bien librado al retratar a un Satán humanista, demostrando de paso su filosofía propia y manera de concebir su propia moral y justificar su vida de excesos.

El disco cierra con “Pasándolo Bien”, que es una canción mucho más movida, básicamente una crítica a sus críticos, a los que les grita que le vale madre lo que digan de él, muy a su estilo. En realidad es una rolita sin pena ni gloria, con atisbos de rock & roll y al menos un buen ritmo que hace que cierre de buena manera y de buen humor este segundo trabajo de Joaquín Sabina.

 

No es uno de los discos monumentales que nos entregará Sabina en los 90’s, pero vale la pena darle una escuchada, ya que este es el verdadero inicio del Sabina que conocemos, descarado, mordaz, crítico y burlón. Le falta mucho por crecer, pero ya hay algunas canciones que da muestra de su enorme talento. No son canciones con potencial, sino que son ya tres clásicos hechos y derechos que resultan imprescindibles en el catálogo de Sabina. Por supuesto que hay algunos rellenos y algunas canciones repetitivas, pero la lírica ya va cobrando forma y estilo propios, y simplemente por ello, vale la pena darle una buena escuchada.

 

 

Por Corvan 

 

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