MOBY DICK

 

Necesito exorcizar demonios ante un ataque masivo de nostalgia… Esta vez me voy a salir de estándar y les voy a hablar un poco de mí, o mejor dicho, de Moby Dick, mi primer banda, y creo que con la que llegué más lejos y que llegó a tener más potencial.
De vez en cuando se me escapa alguna que otra referencia o comentario a este grupo y muchos me preguntan más detalles o si puedo subir grabaciones. Además esta entrada es como un precedente a la reseña de mañana, la cuál se sale también de lo que están acostumbrados, y a la cual quiero darle su debido respeto, su espacio. No puedo salir en esa foto. Por eso antes de hacer dicha reseña, necesito establecer este precedente.

Moby Dick se formó por ahí del ’94 o ’95 por Juan José Zabalgoitia, Juan Francisco Sánchez y yo. Éramos 3 chiquillos adolescentes (13, 14 años) que compartían una profunda admiración por los Beatles y el Rock Clásico de los 60’s. Nos conocíamos los 3 desde kínder, vivíamos a unas cuantas cuadras de distancia, los 3 tocábamos guitarra. No profundizamos la amistad realmente sino hasta que empezamos con el grupo, pero ambos se convertirían en mis dos mejores amigos.
El destartalado trío aún distaba mucho de profesionalismo. 3 púberes autodidactas con guitarras acústicas viejas. Las tardes en casa de alguno, intentando canciones, copiando acordes, aprendiendo, aprehendiendo. Así logré dominar vagamente la guitarra, y así aprendí a cantar. Poco después, en lugar de repetir los 3 lo mismo, repartimos tareas. Uno hacía voz grave, otro la principal, otro intentaba segundas, intentábamos coros… descubrimos eso que se llamaba armonía.
Juan Francisco nos llevaba años luz de delantera en la guitarra. Recuerdo que en cuarto o quinto de primaria andaba siempre con una guitarra casi mas grande que él colgando de sus espaldas. “Niño raro”, pensaba yo. En secundaria, mientras Juan José y yo apenas estábamos dominando las cejillas, Juan Francisco ya se sabía la discografía entera de los Beatles. Cuando nos reunimos, fue el encargado de los requintos.
Esas tardes de ensayo a los 13 o 14 años fueron de aprendizaje en todos los sentidos. No sólo nos hicimos grandes amigos, sino que descubrimos a partir de las guitarras y de los Beatles a todo el repertorio básico del Rock de los 60’s: Los Rolling Stones, Creedence, los Doors, The Animals… Cada canción era un universo, y había que desmenuzarla lo mejor posible, revisarla a detalle para poder reinterpretarla a nuestro estilo “Unplugged”. Ahí desarrollé oído, por si se preguntan cómo pesco tantos detalles de las rolas en las reseñas. Después llegaron Zeppelin, Hendrix, Pink Floyd!

Por supuesto, entonces no nos llamábamos Moby Dick. Cambiábamos el nombre del grupo casi cada semana y ninguno nos convencía. Los tres cantábamos, tomando el rol principal a quien mejor se le acomodara la voz, haciendo yo generalmente los tonos más bajos de Morrison o de Jagger, Juan Francisco los tonos más altos con las canciones cantadas por McCartney y Juan José los tonos medios. Los demás hacían coros. Pagábamos por tocar, pero poco a poco se fueron dando tocadas en kermeses, fiestas, en eventos escolares y en donde se podía. La gente se quedaba con la boca abierta: una tanda de críos hippies en plena efervescencia grungera!!!
Por esa época comencé a llevar una especie de bitácora de eventos que se terminó convirtiendo en un diario del a banda. Eso fue importantísimo ahora que lo pienso, ya que fueron las primeras descripciones extensas de las tocadas las que me dieron confianza para después intentar ficciones, cuentos largos, mis propias letras. Ese gusto y facilidad por la escritura después me llevaría a crear La Caverna, pero todo surgió a raíz de esos diarios de la banda que desgraciadamente se perdieron de manera definitiva.
Poco antes de entrar a la prepa, se nos vino una oportunidad de oro para adquirir instrumentos para convertirnos en una banda de a de veras. Un poco de sentido común nos llevó a darnos cuenta que comprar 3 guitarras eléctricas no nos llevaría a ningún lugar, y que Juan Francisco definitivamente debía quedarse en la guitarra por su talento, por lo que Juan José y yo nos echamos un volado sorteándonos los puestos de batería y bajo. El destino quiso que yo me quedara con las 4 cuerdas y él con las baquetas. El caso es que ese azar me llevó a aprender el bajo de manera autodidacta también, con las bases que tenía de guitarra. Así me hice de Eleanor, mi inseparable bajo Gibson SG.
Conseguimos también un lugar donde ensayar. Una vez un vecino furioso nos amenazó con una pistola mientras tocábamos “Twist & Shout”, y con esa temeridad adolescente, simplemente nos agachamos y seguimos tocando aún más fuerte. Al día siguiente encontramos un agujero de bala y nos mudamos. Con los primeros ensayos eléctricos llegaron Cream, intentos de Deep Purple… pero aún había un hueco. Así que pasaron varios guitarristas de soporte que nunca pudieron acoplarse a nosotros. Fue hasta que escuché por azar a un tipo tocando magistralmente la intro de “Light My Fire” en teclado. Me impresionó mucho, y casi sin conocerlo, lo invité al grupo. Así entró Jorge Hernández, tecladista y a veces segundo guitarrista, con el que encontramos nuestra formación definitiva. Mucho tiempo después George me diría que sólo estaba faroleando ese día y que en realidad no sabía tocar teclado, aprendió a partir de entonces sólo para mantenerse en la banda. Era en realidad muy bueno, muy intuitivo, y con él en el teclado pudimos alargar enormidades nuestro catálogo de The Doors; hacía una versión maestral de “The House Of the Rising Sun” de los Animals, la barroca belleza de “A Whiter Shade of Pale”, el solo de clavicordio de “In My Life” de los Beatles. Tenía facilidad para otros instrumentos y de repente me reemplazaba en el bajo para que yo pudiera concentrarme en cantar canciones, como en “I Will Survive” con el difícil bajeo de Cake. Tocaba también flauta, que llegamos a usar para “Nights In White Satin”. Para esa canción, Juan Francisco, también multinstrumentista, dejaba la guitarra y se pasaba al teclado. Nos quedaba una versión muy chula la verdad. Llegamos a tocar “Build Me Up Buttercup”, “Love Me Two Times”, “Come Together”, “Light My Fire”, “Hey Joe”, “Love Her Madly”, “Satisfaction”, “Let It Be”, “Stairway To Heaven”, en la que Juan José cantaba y Juan Francisco se pasaba ala batería, entre otras.

En fin, ahí aprendí a puntear primero los tonos, y luego ir mejorando mi técnica, conocer nombres como Jack Bruce, John Paul Jones, John Entwistle, para terminar enamorado del bajo (sin albur), tocando después las líneas tal cual las canciones originales, y después a meterle de mi cosecha sin echarlas a perder. Juan José dominó la batería; de Jorge jamás nos dimos cuenta de que no sabía tocar teclado (ni armónica, mandolina, acordeón, flauta, lo que se le pusiera enfrente), ya que hacía su tarea e improvisaba de manera excelente. Juan Francisco se convirtió en un guitarrista enorme, quizá el mejor con el que yo haya tocado en mi vida, capaz de requintos incendiarios e incluso de tocar la guitarra con los dientes o echándosela a la espalda. Además imitaba a la perfección los gestos y posturas de Clapton o de Hendrix, lo que nos desternillaba de risa. No éramos de brincar por los escenarios y eso, pero a la gente le encantaba la banda, teníamos química y algún carisma. Cuando menos cuenta nos dimos, ya los ensayos sabatinos se llenaban de gente que iba a oírnos, tocábamos en fiestas y la gente realmente se impresionaba de escuchar a unos chavos de 16 o 17 años tocando tan bien. El problema era precisamente que éramos muy jóvenes, y no podíamos tocar en bares. Recuerdo alguna vez que nos colamos a un bar los 4 un sábado por la noche, casi ya de madrugada, pedimos chance de palomear y nos pidieron que esperáramos hasta la última tanda. Tocamos ya que el bar estaba cerrando y casi sin clientes porque pensaban que sonaríamos horrible, pero los dueños del local y los tipos de la banda de planta se quedaron estupefactos y entusiasmados al escucharnos. Nos pidieron volver la semana siguiente, pero salió el tema de las edades. Después me enteraría que el grupo al que impresionamos era la mítica Meduza.
Llegamos a tocar en Mazamitla en Casa Luna, estuvimos en radio varias veces para un programa que pasaban los sábados en Sonido 103, e incluso hicimos un homenaje al 30ª aniversario del concierto de la azotea de los Beatles en el techo de la estación, con los coches tocando las bocinas al vernos desde la glorieta… No llegamos a nada realmente importante; tocadas en el tianguis cultural, en muchas fiestas y eventos escolares, le abrimos un concierto a La Dosis a mitad de un bosque en Mazamitla y la prensa nos elogió… Por entonces ya habíamos dado con el nombre de Moby Dick y comenzaba a circular de boca en boca.

Creo que lo que más me enorgullece fue una de las tocadas en la ya extinta Peña Cuicacalli. Nos presentábamos 3 bandas y nunca pudimos contactar a una de ellas, así que nos pusimos de acuerdo con la otra, que decidió de manera unilateral que ellos eran el plato fuerte e iban a cerrar como estelares. Como los otros jamás se molestaron en comunicarse, decidimos que iban a abrirnos y Moby Dick sería el jamón del sándwich. Llegamos esa noche y para nuestro pasmo, empezaron a llegar docenas y docenas de bikers, bikers de de veras con chaquetas de cuero, cadenas, Harley Davidsons y viejonones con shorcitos. Los otros idiotas hablaron con el grupo que nunca se contactó y les avisaron que les tocaba abrir, a lo que accedieron sin chistar. Se trataba nada más y nada menos que Toncho Pilatos, una leyenda, LEYENDA local. Una banda de culto local de Hard Rock y Prog que tenían activos desde principios de los 70’s. Los bikers iban a verlos a ellos. Toncho casi tumba la Peña con su interpretación. Seguimos nosotros. Para nuestro asombro, no sólo no nos bajaron a sillazos, cadenazos o navajazos, como pensábamos, sino que les encantó, tanto a los bikers como a los Tonchos, y hasta nos pidieron encores. Recuerdo que cerramos con “Stairway To Heaven”, e hicimos una versión absolutamente espectacular, alargando los requintos y con George haciendo un espectáculo de luces con unas barras de magnesio que se había robado del laboratorio de la universidad… Salimos muy aplaudidos, y hacerlo frente al dificilísimo público de Toncho, una banda de culto, creo que fue para mí la cúspide, significó más que abrirle a La Dosis en su concierto de despedida. La tercer banda fue un grupo de hardcore electrónico que vació el lugar con su primera canción. Hubo un disco que nos grabaron de esa presentación, pero ya nunca supe quién se lo quedó. En fin, poco después comenzamos a componer nuestras propias canciones. Juan Francisco y yo. Juan José estaba más por el lado de seguir por los covers, pero a nosotros ya no nos satisfacía demasiado. No alcanzamos a hacer mucho, apenas unas cuantas rolitas con mucha influencia de Brit Rock, algo de blues y una pizca de psicodelia.

Moby Dick se rompió por la distancia. Ya estábamos también un poco cansados por la rutina, pero creo que de haber seguido, y sobre todo de haber avanzado con las rolas propias, la banda hubiera tenido mucho, pero mucho potencial. Para bien o para mal, Juan José y yo nos fuimos a un proyecto social durante un año a la Sierra Tarahumara. Al volver ya no fue lo mismo, y poco después George se fue a Francia a hacer una maestría, y luego se fue a residir a Montreal. Le siguió Juan Francisco, quien se fue a Nueva Jersey a unas vacaciones de dos meses que hoy día no han terminado, pasando por Londres, Los Ángeles y actualmente Chicago.
Después comencé otros proyectos, un dueto de trova con Juan José llamado Trovadictos, y luego otra banda de Rock llamada Plastic Soldiers, el último proyecto en que estuve. Pero sin demeritar en nada a los grandes músicos y compas con los que estuve el Plastic Soldiers, mi nostalgia está con Moby Dick. Quizá por la edad, por la gran amistad con todos ellos, quizá porque fue con quienes me tocó aprender mucho de lo que sé hoy día de música, pero creo que ya nunca me divertí tanto como esos largos ensayos que se extendían hasta la madrugada con los envases de cerveza apilándose. Además Juan Francisco es aún hoy día un músico excepcional, con quien mayor química musical he tenido en mi vida. Nos leíamos la mente y muchas ocasiones me recordaba la mancuerna Bruce-Clapton (con su debida distancia!!!!!!) en las largas improvisaciones de blues que nos aventábamos. En 2009, los astros se alienaron para una reunión de los 4, oxidados, con mucho material olvidado, pero cómo nos divertimos.

En fin, en estos días me dio por la melancolía y por recordar en particular esta etapa. Nostalgia por lo que fue, pero también por lo que pudo ser, por los “Hubieras” y por el potencial que tenía esa banda. Pero las cosas se dan por algo...

 

 

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