ROOM ON FIRE (2003, The Strokes)

Artista: The Strokes (D)
Fecha de Grabación: Nov ‘02 – Ago ‘03
Fecha de Lanzamiento: 28 de Octubre del 2003, USA
Discográfica: RCA
Productor: Gordon Raphael
Calificación: 9

 

 

 

Era: Indie (2001-???)

Subgénero: Indie Rock (2001-???) 

Mejor Canción: Reptilia, pero por mucho.

Canciones: 1) What Ever Happened?; 2) Reptilia; 3) Automatic Stop; 4) 12:51; 5) You Talk Way Too Much; 6) Between Love & Hate; 7) Meet Me in the Bathroom; 8) Under Control; 9) The Way It Is; 10) The End Has No End; 11) I Can't Win.

 

Quizá la tremenda nostalgia que todos sentimos por los Strokes y el gran impacto que tuvo a inicios de los dosmiles es más por este disco que por el debut. Sin duda el primero fue mucho más impactante, y trae 2 o 3 rolitas verdaderamente impresionantes y que nos marcaron época, pero visto en retrospectiva el Is This It? deja un sabor raro en el paladar, a algo incompleto, como esos gansitos que sabían mucho mejor en nuestra infancia y de repente los probamos de nuevo y nos preguntamos tontamente: “Esto es todo? Este fue el disco que salvó al Rock?

Room On Fire es quizá “Lo que recordamos” de la gloriosa etapa inicial de los Strokes. No es nuestra culpa que haya sido la portada del debut la que se nos quedó grabada en el inconsciente, jajaja. Otra cuestión es que en 2001, los Strokes estaban prácticamente solos contra el mundo, por ello se les consideró los salvadores del Rock y se sobrevaloró muchísimo el debut. Pero ya con tiempo de por medio, y haciendo un análisis en frío, es evidente que el segundo disco es bastante superior.

Muchos buscaron en ese inter excusas para atacar a la banda. Sobre todo un cierto sospechosismo de que era un grupo prefabricado al estilo Monkees del nuevo milenio. Cuando todos pensaban que su segundo álbum los delataría como un producto más, el Room on Fire confirmó que era una banda hecha y derecha, divertida, interesante… liviana, cierto, pero con incapacidad patológica de hacer canciones que no resulten pegajosísimas, con riffs adictivos, estribillos tóxicos, arreglos minimalistas y sencillos, pero que en conjunto, crean algunas canciones cuasiperfectas y que justificadamente se volvieron omnipresentes en la radio.

El disco es simple, pero eficaz. Once temas con apenas poco más de los 30 minutos, con un gran trabajo de batería (aunque sencillo), una catálogo de riffs para una discografía entera, la voz inconfundible de Casablancas y mucha, mucha actitud. La banda además usa más el medio tiempo y cambios de ritmo, por lo que no resulta un disco tan pesado como el debut. Se nota que han madurado y han logrado equilibrar de mejor manera sus composiciones: No todo son guitarras distorsionadas y la voz rasposa de Julian (que en el primer disco puede sonar desagradable y hartoso para algunos).

El grupo se metió al estudio desde finales del 2002 para comenzar a grabar lo que sería su segundo disco. Originalmente el productor iba a ser Nigel Godrich, quien ya le había producido discos a Radiohead. Se imaginan? Los Strokes con sonido laser? Jajaja. Al final se dieron cuenta que no funcionaba para el sonido desgarbado y rasposo que buscaban, así que trajeron de vuelta a Gordon Raphael, quien les produjera su primer disco y con quien habían estado muy a gusto con los resultados. Se dice que las cintas de los Strokes Radioheadianos están celosamente guardadas en la caja de seguridad de Albert Hammond Jr. Para el 2003 comenzaron a agregar algunas canciones a sus conciertos, puliéndolas en vivo. Quizá por ello el disco suena tan brillante, ya que no se apresuraron en sacar un disco a lo loco para aprovechar el vuelo del debut, sino que lo fueron trabajando y detallando en el escenario, y eso se nota en la madurez de las rolas. Se notan además ciertas influencias de los Pixies, The Cars (ese sonido de la guitarra semejante al teclado), algo de lejana influencia reggae, pero lo más importante, es que sigue sonando a los Strokes. Mientras que con el siguiente disco cambiarán su sonido, aquí se sigue sintiendo esa desfachatez del Is This It?, sólo que es una continuación más madura y con canciones mejor logradas, más sólidas, sin relleno, aunque definitivamente no hay nada innovador ni experimental en él.

 

El disco abre con “What Ever Happened?”, que no podía ser mejor para arrancar con todo. La intro punteada es excelsa, recordando a The Edge. Casablancas inicia casi enseguida con su voz aguardentosa marca de la casa, pero con una melodía vocal excepcional mientas los instrumentos van tejiéndose sobre ese riff inicial punteado. En realidad la música es muy simple, con los tonos punteados y marcados por las guitarras y bajo, pero funcionan excepcionalmente bien con la juguetona melodía. Tras el segundo “No, I won't yet” con que rematan cada verso, construyen un poco de tensión para que estalle el requinto, también simple, pero bien manufacturado. Como curiosidad, las letras es uno de los trucos de este disco, tratando de desligarse un poco de esa imagen de dandys del primer álbum. Aquí es una canción más bien de ruptura, pero hay un par de versos que se repiten: “I want to be forgotten, and I don't want to be reminded”, que suenan más falsos que billetes de $3.50, sobretodo tomando en cuenta el ego de Julian. Aún así la canción es muy buena, y me encanta la simpleza pero a la vez la profundidad que alcanza la sección rítmica y esos regresos punteados a la intro. Gran inicio del álbum.

Seguimos con la joya del album. “Reptilia” es una de las grandes canciones de la década, perfectamente construida, con una intensidad elegante y desgarbada a la vez, compleja, oscura e incendiaria. Desde el inicio el bajo nos atrapa con su sonido profundo y octavado, luego un espectacular fade in con que entra la guitarra y posteriormente la segunda lira se une para completar en tremendo riff. Al :35 esta guitarra se queda sola con el beat de la batería para que entre Julian con sus primeros versos, con una voz sorprendentemente limpia, con un efecto acartonado y lejano. Al :50 regresa el bajo un tono más grave, para luego explotar en ese exquisito coro en el que la voz de Casablancas vuelve a su timbre áspero y furioso: “I said please don't slow me down, If I'm going too faaaaaaaaaaaaast”. Después de la tempestad, una breve calma con la guitarra haciendo juegos con cambios velocísimos de tonos, seguido del bajo para retornar a unos versos ahora si a toda máquina, con las dos guitarras contrapunteando salvajemente. Al 1:50 tenemos un señor requinto, perfectamente calculado, nota por nota, con una gran energía y buena velocidad. El resto de la canción se repite, hasta ese fade out en el que el bajo está marcando el tiempo como al principio y la guitarra se difumina en un latigazo. De verdad impresionante. Esta canción resume sin duda el espíritu del rock a principios del milenio. Si fue un hitazo comercial, es simplemente porque es una rola que raya la perfección. El título se supone que se refiere al complejo Reptilia, la parte del cerebro que maneja emociones como el odio y el amor.

Bajamos el tiempo con “Automatic Stop”, una canción más lenta, con un mood más juguetón. El bajo de Nikolai nuevamente resalta en cuanto a volumen y como columna vertebral, pero no sale de los punteos. La guitarra rítmica, por su parte, suena juguetona y con cierta carga de reggae. Hammond en cambio le mete un efecto raro que por momentos suena casi como teclado con esos arreglos al fondo de los estribillos, pegajosos como chicles. La canción termina haciéndote sonreír y te atrapa, aunque hay algo sombrío en la instrumentación. La letra lo confirma con otro tema de desencuentro, sin caer en lugares comunes, con líneas como “So Many Fish Here In The Sea, She Wanted Him, He Wanted Me”

Luego viene “12:51”, otro de los temas ya clásicos del siglo XXI. La intro es magnífica, desde el festivo beat, con la guitarra de Hammond sonando como un cristal en las primeras notas por el efecto de los armónicos, para posteriormente meterle el fuzz y agregarse al tumtumtum del bajo. Luego se incorpora Valensi con su guitarra, perfeccionando aún más ese efecto de teclado en un homenaje a The Cars. Sí; de veras es una guitarra, llena de sabe-dios-cuántos efectos para sonar aflautada y continua como teclado. Julian suena adormilado, apático, con la energía de un caracol somnoliento, pero la melodía es igual de pegajosa y empalmándose a la línea de las guitarras en la parte final de la canción. La letra es contrastante con ese ímpetu, retomando otra vez ese aire desmadroso de quien solo piensa en fiesta y chicas del primer disco. Uno no puede evitar terminar o tarareando la rola o llevando el ritmo con los pies. La canción sigue sonando vigente y no se despoja de cierto aire muy retro pero a la vez suena moderna. Es otro de los casos en que su enorme difusión fue sustentada por su calidad. Además me encanta el cierre, como en puntos suspensivos.

Enseguida tenemos “You Talk Way Too Much”, que desde las primeras notas suena mas sucia y densa. Tras ese riff espinoso con una batería colosal, la canción se aligera, entra en un ritmo rápido y Casablancas se encarga de conducirla con su voz, que también suena más impetuosa y gritada que en las anteriores a pesar de que no es necesario. La canción es más básica, y esta vez los instrumentos no se entretejen ni hacen nada espectacular, salvo por el agridulce solo al 1:10 y por los eventuales regresos al riff inicial, que me parece un poco desperdiciado. Con todo y no es una mala canción, incluso es coro es muy pegajoso, sólo que es muy básica para lo que habían manejado hasta esta alturas.

Después está “Between Love And Hate” en la que Fabrizio Moretti hace un beat muy retro, casi disco, y que resulta siendo el alma de la canción. Julian entra pretendiendo que no necesita a nadie en el mundo para ser feliz, sólo a si mismo, sin nada de amor, con una voz limpia, pero de nuevo con un efecto como lejano. El coro es simplemente irresistible y adictivo, y al 1:20 hay un requinto de gran manufactura, quizá no con la intensidad del de “Reptilia”, pero al menos con la misma calidad, con efectos sucios y jugando incluso con el feedback. Por lo demás, las guitarras son más bien discretas, coqueteando con el reggae en los coros. Al final uno termina cantando “I never needed anybody, never needed nobody…” dos días enteros sin dares cuenta. Buena canción, sin ser de los puntos más fuertes.

La siguiente es “Meet Me in the Bathroom”, una canción rápida, juguetona, con Julian cantando otra vez de manera desganada para contrastar con la instrumentación energética. Y con las letras, quizá menos inmaduras que los que aparentan, con versos como “You trained me not to love, After you showed me what it was”. Por cierto, esta es de las pocas en que los versos y los coros son apenas distinguibles. Musicalmente el bajeo destaca de nuevo por volumen y por pequeños fragmentos en que no puntea, sonando más funky, como los primeros segundos y ya hacia el cierre. Las guitarras también suenan bien cuando se desligan del punteo que va guiando la canción. Un temita inofensivo y divertido para la fiesta.

“Under Control” es otro de los puntos fuertes del disco, y sin tener una sobreexposición como “12:51” o “Reptilia”. Es una de las canciones más lentas del disco, pero esta vez se las ingenian para combinar de manera magistral ambas guitarras en voces distintas, combinadas con ese beat a medio tiempo, un poco hipnótico, o despreocupado. Como si estuvieran en unas vacaciones tropicales y verdaderamente le valiera madres el resto del mundo: “I don't want to change your mind, I don't want to change the World, I just want to watch it go by”. Los remates de batería al final del coro son perfectos para regresar a esa especie de hamaca musical que nos tienden los Strokes. El requinto al 1:30 es en el mismo tenor, a dos cuerdas, sonando ligero, sonriente, cálido. Una canción simplísima, pero endiabladamente buena, que da cuenta que hay que tener cierto ingenio para que no suene repetitiva y cansada. Siempre se me antoja estar en la playa con esta rola. Además tiene otro final de antología.

Después viene “The Way It Is”, la canción con más influencia garage o punk. Las guitarras suenan sucias, y por momentos Casablancas grita la letra, aunque suena tapado por los instrumentos. Mucho volumen, y mucha energía. La guitarra líder va haciendo la misma línea vocal de Julian en los versos. Una canción muy rara, pero me gusta en su desparpajo, la manera en que se escalonan los instrumentos en el riff de la intro y ese raro beat de Fabrizio.

Luego está “The End Has No End”, con un inicio muy potente e inesperado, que sigo sin entender cómo llegó a esta canción. Luego de esa intro-nada-que-ver la canción se vuelve una cuasi balada, con una de las melodías más débiles, que se alcanza a recuperar un poco en el coro. La batería está muy alta y por momentos tapa al resto de los instrumentos. Además el recurso del efecto de guitarra-teclado no parece quedar bien para esta canción. Es a mi punto de vista, la canción más débil del disco, aunque no es tampoco particularmente ofensiva, ni demasiado larga.

El disco cierra con “I Can’t Win”, que curiosamente tiene versos rápidos y estribillo un poco más lento. La canción es muy buena, con un toque optimista que sienta bien como despedida del disco. Las guitarras suenan mejor con la banda cuando no están metrallando los mismos tonos, y aquí por momentos destaca la guitarra de Valensi, que sigue sonando a guitarra, pero con un efecto que alarga las notas sin sonar a teclado (me gusta más éste). Además trae otro gran solo al 1:35, muy fuerte y con mucha personalidad. Después regresan a esa intro juguetona y vuelven a arrancar con la canción. Muy buena interpretación vocal, quizá la mejor del álbum, en la que esta vez si se justifica lo áspero por la intensidad de la canción. Un gran cierre, sin duda.

 

Resumiendo, el Room On Fire es un buen disco, un paso adelante sobre su predecesor, del que no se distancía demasiado, pero suena más maduro, con sonidos más equilibrados, con mejores composiciones, y, salvo un par de temitas, mejor producción. Los Strokes se confirmarían con este disco como una de las bandas del momento, una de las más capaces de combinar buenos riffs y melodías pegajosísimas. A pesar de que tiene una o dos canciones de menor nivel, la mayoría son bastante sólidas y divertidas, resaltando aquéllas en donde las guitarras se dividen para hacer líneas distintas, particularmente “Reptilia”, uno de los himnos de la década pasada. Por lo demás, también deja en evidencia las carencias de la banda, con un estilo excesivamente punteado que alcanzó a funcionar para este disco, pero no para el tercero. Aún así, son pocas las quejas de este disco (entre otras, la sosa portada, después del gran acierto de la del debut), un clásico de nuestra época y que marcaría a toda una generación de músicos que comenzarían su asenso unos meses después de su lanzamiento.

 

 

Por Corvan 

 

Letras de El Traductor de Rock  

 

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